viernes, 14 de noviembre de 2008

Siempre he creído que la peor sensación que se puede sentir es pasar vergüenza o quedar en ridículo delante de las personas que nos rodean. Hay quien dice que lo más sano es aprender a reírse de uno mismo porque eso nos hace grandes. Pero no podemos evitar que dentro de nosotros brote un estado de rabia o insatisfacción cuando nos damos cuenta de que hemos quedado como unos estúpidos frente a alguien. Y aunque de los errores se aprende, se trata de una piedra metida en nuestros zapatos que nunca desaparece, se transforma, disminuye o quizá aumenta según la situación, pero nunca dejamos de sentirnos en algún momento de nuestra vida como unos completos idiotas. No es una leyenda urbana o un mito social, un simple momento puede estropear un prometedor futuro, a corto o largo plazo. Puede arruinarte una entrevista de trabajo, una primera cita, una primera impresión...Entra en el partido ese miedo escénico que a todos nos corroe cuando sabemos que nos estamos jugando algo que de verdad nos interesa. Una persona optimista diría que todo eso se queda en nimiedades cuando la persona que tenemos en frente merece la pena, ya sea un posible jefe, un posible amigo o una posible pareja, pero yo nunca he sido de las que ven el vaso medio lleno, prefiero verlo a partes iguales y dejarlo en manos de las estadísticas. ¿Por qué sentimos tanto miedo a quedar en ridículo? Si, supuestamente, a todo el mundo le pasa a lo largo de su vida, ¿por qué cuando nos caemos en medio de la calle, nos levantamos e intentamos alejarnos lo antes posible del lugar de los hechos?. Está claro que a nadie le gustan las situaciones incómodas y mucho menos aquellas que nos hacen darnos cuenta de que cada vez nos acercamos menos a la perfección. Por ello nunca he sido fiel a las creencias de “la primera impresión es la que cuenta” o “segundas partes nunca fueron buenas”, prefiero acercarme a aquella que dice “errar es humano y perdonar divino”.

6 comentarios:

obaobab dijo...

Qué te habrá pasado......
Estoy de acuerdo contigo, pero aunque a veces pasemos vergüenza por cualquier cosa, tenemos que pensar en lo que valemos, y olvidarnos de lo que haya pasado.
Mirar palante.
Muaka

Helenita dijo...

La vergüenza pa robar, como decía la Maña.

Un beso de queso.

Álvaro dijo...

hija yo de vergüenza y situaciones ridículas sé un rato.

viva la valla de mi uni!

Lu dijo...

yo siempre odio cuando me preguntan si el vaso está medio lleno o medio vacio. y yo qué sé?! por eso nunca hago los típicos test_mail. y con la primera impresión siempre siempre me equivoco.
y sí, lo de los auriculares es lo peor que te puede pasar en la vida.
que se hacen nudos marineros!

un besu gordu

Ceceda dijo...

¡qué envidia me dáis!!! llegué a esa bendita edad en que no se tiene vergüenza, más bien somos desvergonzados totales, el jefe...jeje qué risa nos da, posibles amigos...los que tenemos son ya añosos, el chico...nos mira ya con gafas de présbita.Y además estamos ya convencidos de estar en posesión de la Verdad. Jo, no os queda nada....Ah, espero te apuntes a la Propuesta, bueno los estudios primero, pero pa despejar.....besinos

Ginger dijo...

Yo tengo muchísimo sentido del ridículo...

No tengo pa´olvidar una vez que me caí donde Almacenes Covadonga y al ponerme en pie tras comprobar con inmensa alegría que nadie se había percatado, veo con horror a Emilia (la de la Sirena) que me empieza a gritar desde enfrente (más o menos a la altura del Banesto actual) un llanisco: "¿Te mancaste?"... lo suficiente para que todo el mundo me empezara a mirar.

Y mi tía siempre cuenta que cuando tenía unos 15 años, iba ella con una amiga por donde Vega y en el puente, estaban todos los chicos que les gustaban... con tan mala suerte que la amiga cayó por las escalerinas que bajan al obrador (las que hay donde la puerta de la pastelería) y mi tía para que no cayera más abajo le pisó una pierna, con lo que únicamente consiguió que parara de caer, se le pusiera la falda a la altura de la cabeza dejándole todas las bragas al aire y pasara la vergüenza de su vida...

Besín!